¿Afectará el “desmadre” geopolítico actual a la política de concesión de crédito del sistema financiero?
Ucrania, Venezuela, Irán, lo de Groenlandia… y, sobre todo, la pregunta inevitable: ¿Qué será lo próximo? La sensación es que vivimos en un entorno de tensión permanente. Aunque, siendo justos, no hace tanto que ya experimentamos algo similar: en 2020 un “invitado inesperado” llamado Covid puso patas arriba la economía global y cambió muchas de las reglas de juego.
En otros episodios de elevada incertidumbre global, los mercados financieros reaccionaban con caídas bruscas, recuperaciones parciales y nuevos retrocesos. Se producían trasvases de flujos hacia activos considerados de menor riesgo —fundamentalmente desde la renta variable hacia la deuda pública— y, en consecuencia, la volatilidad aumentaba de forma significativa como reflejo del mayor riesgo percibido por los inversores.
Sin embargo, el contexto actual presenta una aparente paradoja. Una amplia gama de activos financieros y reales cotiza en niveles históricamente elevados o con valoraciones muy exigentes: las bolsas, el crédito privado —incluido el ‘high yield’—, los metales preciosos y, en muchos países, el mercado inmobiliario. Incluso allí donde no se alcanzan máximos históricos estrictos, la percepción general es que mantener liquidez resulta cada vez menos atractivo. No es casual: en un entorno de inflación acumulada, elevada deuda pública e incertidumbre geopolítica, la liquidez ha dejado de percibirse como un auténtico valor refugio.
Desde la perspectiva del mercado crediticio, varios factores pueden venir a echar aún más “leña al fuego”. Por un lado, el posible endurecimiento de los colchones de capital y de seguridad exigidos por el Banco Central Europeo (BCE) a las entidades financieras. Por otro, el vencimiento previsto durante 2026 de entre 120.000 y 145.000 millones de euros de crédito a empresas, de los cuales aproximadamente 33.000 millones corresponden a préstamos avalados durante la pandemia (créditos Covid).
Todo ello apunta a que los departamentos de riesgos de los bancos introducirán o reforzarán los siguientes elementos en sus procesos de decisión:
- Mayor “sectorización” del crédito, priorizando aquellos sectores con mayor capacidad de trasladar el incremento de costes a precios finales, teniendo en cuenta su exposición a la energía, a las materias primas y a su ciclo de cobros (especial atención a los periodos medios de cobro y pago y al volumen de existencias).
- Incremento del precio del crédito, especialmente para empresas con menor visibilidad de caja o sin un plan de negocio claro y creíble.
- Mayor exigencia de información y de indicadores de riesgo adelantados, como ‘reporting’ mensual, control del circulante y establecimiento de disparadores financieros (apalancamiento, liquidez mínima, etc.).
- Mayor peso de factores exógenos a la empresa (‘overlays’) en la determinación del riesgo. Por exigencia supervisora, los bancos ya no conceden crédito únicamente en función de los resultados pasados, sino también de la capacidad de la empresa para resistir shocks externos. En un entorno geopolítico incierto, esta prudencia adicional se ha convertido en la norma.
- Exigencia de mayores garantías y de operaciones de riesgo compartido, como sindicaciones.
En este contexto, cabe preguntarse qué papel desempeñarán los fondos de deuda (deuda privada o ‘direct lending’). La respuesta es relativamente sencilla: van a ganar cuota. Cuando el banco se vuelve más prudente, aparece un hueco entre lo que la empresa necesita y lo que el banco está dispuesto a conceder.
Así, aunque esta financiación tenga un coste superior al bancario tradicional, muchas empresas valorarán su mayor rapidez de ejecución —menos comités “en cascada”— y la posibilidad de estructurar soluciones a medida, más flexibles y adaptadas a necesidades concretas.
La estrategia de financiación óptima para las empresas en 2026 pasa, por tanto, por diversificar las fuentes de financiación, blindar la liquidez y gestionar activamente la volatilidad.
Si hubiera que resumir esta estrategia en una sola frase sería clara: no depender de una única fuente ni de un único vencimiento. Bajo este enfoque, la estructura de financiación debería articularse por capas:
- Una primera capa operativa, basada en pólizas, factoring/confirming y líneas de importación/exportación.
- Una segunda capa estructural, con financiación bancaria o sindicada a largo plazo y con ‘covenants’ razonables.
- Y una tercera capa más flexible, apoyada en deuda privada u otras soluciones alternativas.
Asimismo, conviene priorizar los vencimientos a largo plazo, así como el nivel de liquidez disponible. En entornos geopolíticos complicados, lo que suele matar a las empresas no es la cuenta de resultados, sino la falta de caja. El objetivo debe ser disponer de liquidez y líneas comprometidas de circulante suficientes para soportar shocks de energía, tipo de cambio, problemas de suministro o caídas puntuales de demanda.
Igual de importante es gestionar activamente el riesgo de tipos de interés y de energía. Si el margen del negocio es sensible a estos factores, los financiadores —bancos y fondos— exigirán políticas de coberturas, cláusulas de ‘pass-through’ con clientes, contratos de suministro blindados y una gestión eficiente del circulante.
Por último, resulta clave preparar un “equity story” sólido para los financiadores. En 2026, el crédito se concederá a quienes demuestren resiliencia del modelo de negocio, rentabilidad real de sus inversiones, una estructura de costes razonable y un plan creíble de repago de la deuda.
Y, por supuesto, contar con un plan B real, no teórico. La empresa que negocia bien es aquella que puede decir: “si el banco se queda corto, tengo alternativas”, ya sea recurriendo a fondos de deuda, aportando colaterales, movilizando activos no operativos o utilizando fórmulas como renting o leasing.
En conclusión, la situación geopolítica actual no “cierra” el mercado de crédito en España, pero sí endurece los criterios de concesión, eleva la prima de riesgo y desplaza parte del crecimiento hacia los fondos de deuda privada.
Para las empresas, diversificar fuentes de financiación, priorizar la liquidez y gestionar la volatilidad ya no es una cuestión de sofisticación financiera: es una condición necesaria para acceder a financiación en buenas condiciones y de forma recurrente.
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Santiago Santos
Director del área de Corporate Finance